Via Corporis

Pura López Colomé

Telepatía crónica

No me tientes a buscar
diabólico sentido
en nuestra cita,
con todo y su sacudida, su impacto, 
la conmoción que sabemos inminente 
entre coyunturas y tendones.
¿Títere? ¿Disfraz y antifaz vacíos, 
manejados con hilos y adminículos 
desde arriba?
El uno
propio con uno,
el tuyo contigo,
tu entrada y salida a escena,
tu salud y enfermedad,
tu sí y no,
tu derecho y revés,
tu ruido y silencio de marioneta. 
La caída del telón.

En aquel sueño, ¿qué era lo que emitías por la boca? Ofensas, altisonantes modos de hablar; revestido de púas o cochambre, lo precioso e infecto. Cuánta confusión, cuántas batallas: avanzas, florete en ristre, careta bien puesta, en equilibrio perfecto . . . y yo permito el ataque, sin oponer la menor resistencia, ni siquiera desenfundo, pese a que he vivido a la espera. Siento la punta clavárseme en el ojo derecho, abriendo de lleno el ventanal. ¿Qué hay allá a lo lejos, qué se alcanza a distinguir, qué relámpagos es? Un pasillo iluminado. Y el ojo izquierdo, el bueno, se mira en ti, te observa en sí. Está fatigado. Se entrecierra, dormita, no puede más, se deja llevar por el río hasta el delta lagrimal, escucha apenas, ya casi en la antesala: “si algo nos enseña el arte, es que la condición humana es sigilosa”. Y hace una sola masa de fantasmagoría, delirios, migrañas, hambre. Un volcán cuyo rostro se enciende de emoción. Cuya boca pide limosna. Es lava. Se lava.

Que me parta un rayo
y se descubra
la falsa intimidad. 
Sustantivos que se expanden 
sin actos paralelos.
Y aun así
se reproducen 
a placer.

¿Qué me ves? ¿Qué me sabes? 
¿Quién soy?
Se me vació la cuenca,
estoy estallando,
haciendo erupción. 
Y no me extingo. 
¿Hay alguien ahí? 
¿Hay alguien aquí?

No te vayas, no te me vayas. Qué fácil despedirte entre signos de interrogación. Antes de que logres contemplar el famoso túnel iluminado de que hablan quienes han estado casi al borde; antes de ese último aliento de la conciencia, el del hallazgo de los seres queridos que han partido, esa felicidad suprema que no alcanzan a saber si será bienaventuranza, te voy a jalar para acá. Voy a dar respuesta a tus preguntas “profundas”, “inspiradas”, “de fondo” sin regreso. ¿Que qué te veo? Pues todos los trucos de la pena y la compasión. ¿Que si te veo? Clarito, situada al centro del día, con el sol encima, bajo tu personalísimo Arco del Triunfo, lo que consideraste un merecido lugar de honor en los anales del sufrimiento. ¿Qué te sé? Tu código genético, incluso las dolencias y aflicciones. ¡Bah! Una pifia en pasarela. ¿Quién eres? La sencillez fanática. Y pensaste que con eso acababas de pagar tus cuotas. Pues déjame que te cuente: no hay fuego que se apague. ¿Que si hay alguien al otro lado? No rotundo. ¿Quién vive? El último brillo en la punta del dedo que te soltó. Hay alguien aquí.