La sala de lectura

Robert Kirkbride

Illustration by Michael McDowell

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Preámbulo

La sala de lectura gira en torno a un cuarto quimérico, cuya construcción paginada ha inspirado una larga sucesión de transcripciones y malas traducciones. Originalmente montado en la curva de un tubo de cobre y luego incorporado a una colección permanente, el texto ha sido recientemente transcrito e ilustrado en formatos que se pueden tomar con las manos y explorarse con las yemas de los dedos.

Hace tiempo oí hablar, o me contaron—ya no lo recuerdo exactamente—de un cuarto cilíndrico que albergaba la suma del conocimiento humano. Este documento reconstruye, en base a la maraña de rumores y estudios fidedignos, un perfil de aquella sala extraordinaria.

En el centro del cuarto hay una columna—más precisamente, una bisagra—que según dicen supera los confines del techo cerúleo hasta rozar los cielos, aunque descreo de tal hipérbole. Es concebible, no obstante, que varias páginas hayan sido anexadas a la bisagra central a modo de cortinas, o de velos, extendiéndose del suelo al techo y completando el radio hasta quedar a un pelo del anillo concéntrico de columnas exteriores. Aunque escasean los detalles, pareciera que hay que leer mientras se camina, empujando la página que se tiene enfrente.

Curiosamente, la bisagra central rota en ambos sentidos, lo que provoca acaloradas discusiones cada vez que hay múltiples lectores en la sala, empujando simultáneamente las páginas en direcciones opuestas. Estas revueltas han generado debates vastamente eruditos e intensamente obtusos sobre los protocolos del paseo paginado. Rara vez ha surgido la pregunta, mucho más desconcertante, acerca del propósito original de la sala.

Estos debates se sucedieron durante siglos, hasta que fue imposible determinar qué argumento se estaba defendiendo, o con qué fin. Tal como las soluciones temporarias se convierten en verdades aceptadas, se adoptó de manera provisoria una regla general: al entrar en la sala, los lectores proceden a su derecha, estableciendo recto y verso. Si quieren leer más de una página, deben dejar la sala y reingresar por su circunferencia.

A lo largo de los años, esta solución descaradamente arbitraria suscitó críticas y conspiraciones, aunque a muchos lectores les consuela adherir a una etiqueta establecida, por más dudosa que sea. Aceptarla, según ellos, es más práctico y productivo que examinar las insondables preguntas subyacentes sobre la sala en sí. Extrañamente, nadie parece haber pensado en alterar las condiciones físicas de la sala, y se presume que a la fecha la bisagra aún es capaz de girar, ambigua, en ambas direcciones.

Hay quien arguye que en cada página se ha inscrito una única historia, refractada a través de un despliegue de lenguas y coloquialismos—una piedra rosetta en forma de molinete—. Otros especulan que, al descifrar todos los textos reunidos en la sala, se estará a un paso de develar el rol de nuestra especie en el universo.

Tal grandilocuencia me inquieta. Si hemos meramente repetido el mismo canon desde la primera chispa de conciencia de nuestros ancestros, las disputas sobre la forma del tiempo propiciarían el eterno retorno. La sala encarnaría así una obviedad, una profecía autocumplida, y habría que rechazar cualquier idea de evolución o desarrollo, ya que no podría jamás surgir del ciclo hermético de la recapitulación divina.

Por otra parte, si es cierto lo que han insinuado algunos (o yo he inferido), y cada página ha sido traducida en orden cronológico, podemos reavivar la idea de evolución y azar. En síntesis: el traductor es un pionero que sortea fronteras, estimulando el comercio de ideas. El intercambio es imperfecto: las técnicas de transcripción son notoriamente inestables y defectuosas. Así como la libertad—hay quien dirá el libertinaje, la vagabundez—es la marca distintiva del pionero, debe reconocerse que cada página lleva el sello indeleble del traductor y su interpretación de un mundo ajeno. Si dicha aseveración es válida, se sigue que el número exacto de páginas dentro de esta sala en apariencia pequeña es infinito: mientras la tinta se seca sobre una página cualquiera, en algún lado hay otra que ya se ha empezado a transcribir.

Otra interpretación factible gira en torno a las artes del habla y la escucha, a diferencia de las artes de la escritura y la lectura, y permite explicar la curiosa naturaleza peripatética de la sala.

Algunos creen que existen grupos lingüísticos estrechamente relacionados, y otros que comparten rasgos pero trascienden el árbol genealógico. La inspección minuciosa de sus etimologías y tradiciones orales sugiere conexiones más profundas: ciertas lenguas que hace tiempo se creían muertas siguen vigentes, insertas en (aunque algo veladas por) el léxico y sintaxis contemporáneos, tras milenios de sutil transmutación.

A lo largo y ancho del Imperio Romano, por ejemplo, el latín se entretejió con el creciente territorio tanto como lo hicieron sus redes jurídicas y viales, gozando y sufriendo manipulaciones regionales de la lengua mucho antes del advenimiento de los tipos móviles. Así y todo, incluso el latín es un ovillo relativamente nuevo: retiene huellas de los fenicios y los celtas, que se extienden por los nervios ctónicos de las protolenguas más allá de la memoria escrita.

El mundo es un telar en el que se traman las palabras. La lengua es un textil, tejido sobre la tierra, y cada quien inserta un hilo al hablar. Incluso pueblos separados por ínfimas distancias desarrollaron inflexiones sutiles, patentes solo al oído del viajero que entrelaza los hilos con cada paso que da, cada conversación de la que participa, cada pueblo y ciudad que visita.

En un mundo de peatones, bárbaro describe a quien viaja demasiado rápido como para asimilar las variaciones dialécticas entre dos lugares, fenómeno que explica la horrorosa potencia de las máquinas de guerra montadas de los godos y los tártaros, así como las drásticas transformaciones de la efervescente aunque nebulosa era del transporte aéreo y la hipercomunicación.

Históricamente, el peregrino no requería de un diccionario de lenguas extranjeras sino que iba absorbiendo matices rítmicos e idiomáticos a medida que caminaba, propiciando la teoría de que acaso haya habido en el mundo tantas lenguas como páginas hay en la Sala. Cuando menos, las páginas anexadas a la bisagra remiten a las huellas de un idioma transmitido por los pies y la lengua tanto como por la mano y la pluma. La sala de lectura encarna la diferencia entre un soldado-bárbaro y un peregrino-vagabundo.

Pero la sala es también una metáfora imperfectamente construida. Aunque los lectores deben cruzar otras lenguas para circunnavegar el texto, pueden salir y reingresar en cualquier punto de la sala, potencialmente saltándose regiones y pueblos enteros. La configuración del cuarto contradice el tejido tradicional y continuo de tierra y lengua.

Se ha sugerido, de manera ultraoptimista, que esta grieta esencial entre forma y fondo es el origen fértil de toda investigación. Los escépticos respondieron que la construcción del cuarto fue en sí misma la primera brecha intelectual entre nuestra experiencia del mundo y su representación. Los detractores han llegado a denunciar que la sala constituye la primera gran vanidad de nuestra especie, llamándola una puerta giratoria a ningún lado. Otros han retratado La sala como un sistema de engranajes calibrados que se fueron oxidando hasta detenerse, más parecida a un desguace que a una pieza de relojería. Los cínicos directamente se niegan a contemplar su existencia.

Se supone que hay huecos considerables entre las páginas, lo que ha dado pie al rumor de que varias han sido furtivamente arrancadas o extirpardas con precisión quirúrgica. En todo caso, se han perdido para siempre. Hay una secta de intelectuales—mordazmente apodados los Optimistas—que afirman que estas lagunas no son más que huecos benignos, esperando la inserción de nuevas transcripciones. Creen, además, que los huecos en la expresión humana, incluyendo los que existen entre lenguas, no deben lamentarse como pruebas de la pérdida de un estado original de entendimiento. Son, más bien, las fuentes de la imaginación humana, sondeadas a través de recursos como la metonimia y la metáfora.

Los intentos por mantener el orden y disuadir el robo o la ofensa pícara (hay quienes hablan de dibujos lascivos en los márgenes) han llevado a la invención de sistemas complejos y abstrusos para codificar, remitir, indexar y glosar. Estas técnicas son objeto de debate y revisión constantes, y las transcripciones que no logran cumplir con los hábitos de anotación más recientes o autorizados son sometidas a un escrutinio exhaustivo. Muchos han reconocido que a menudo estos sistemas se superponen y contradicen, provocando enredos insufribles para lectores y escribas ambos.

Aunque sincero y bienintencionado, este afán de claridad ha engendrado una industria de tareas huecas. Si cada página es autónoma e indivisible, un compendio a-tómico del universo, no requiere la más mínima alusión a ninguna otra página, ya que cada página constituye en sí misma la edición autorizada.

Sea real o no, esta estructura escurridiza ha soportado siglos de fervor ilimitado y puntilloso escarnio. Similar a proyectos como la Torre de Babel y el Arca de Noé, La sala de lectura representa, en última instancia, un laberinto de espejos. Algún traductor ha anotado en un margen, preso de un brote de esperanza o angustia:

 
En esta sala concisa pero interminable,
no existen el tiempo o la dirección,
solo el esfuerzo incesante.
Vertemos, eternamente, en un cuenco
—fabricado a nuestra imagen—
una sustancia tan dócil e impasible como el agua o la arena.

 
Transcrito por Roberto Sposadellachiesa



Apéndice

Hacia el final de La sala de lectura, se alude de soslayo a la Torre de Babel y al Arca de Noé. Lo que sigue ahonda en esta notable observación:

Hay una tensión irresoluble entre el olvido y nuestras tácticas de preservación. Sin miedo al olvido no tendríamos necesidad de contención, ni de la lengua ni de los libros, y sin contención no habría forma de aprehender el olvido. Dicho de otro modo: si no olvidáramos, no tendríamos memoria, y sin memoria, no tendríamos miedo a olvidar.

La Torre de Babel aún no ha caído, del mismo modo en que el Arca de Noé aún no ha tocado tierra. El Arca es el mundo entero, y nosotros, sus navegantes autoproclamados—esa es la prueba de nuestro ser, integrado al mito y la materia—. Nuestra tarea de nombrar aún no ha agotado el contenido de este mundo, un proyecto inacabado.

En el mismo sentido, nos hallamos en medio de la Torre. Día a día contribuimos a su ciclo de construcción y destrucción. Erigimos sobre los cimientos dispuestos frente a nosotros, aportando un asidero para que otros nos sucedan. Y así como la extinción de ciertas criaturas terrestres acompaña el descubrimiento de otras inesperadas, los cimientos se derrumban mientras reconstruimos.

Dedicamos nuestras vidas a sortear, coser, y enmendar grietas que se abren a nuestro paso, al tiempo que trazamos líneas nuevas. A pesar del andamiaje, es difícil discernir el límite entre renovación y progreso. Los navegantes de antaño reparaban sus veleros cuando y donde fuera necesario—pieza por pieza—en un arreglo infatigable.

La Torre manifiesta la multiplicidad del lenguaje y la expresión fluida. No ha sido tallada a partir de una lengua única y monolítica, perdida hace tiempo junto a un edén ilusorio; tampoco es un modelo idílico en el que las mentes y los corazones se aúnan. Nuestras diferencias nos obligan a hablar y a actuar, expresando nuestros ámbitos e identidades a través de un Arca, una Torre, una Sala de lectura—a través del lenguaje en sí. Estos medios de transformación nos permiten viajar entre la certeza y la incertidumbre, el clamor y el silencio, la memoria y el olvido.



 “The Reading Chamber,” by Robert Kirkbride, originally appeared in In Architecture’s Appeal, eds. M. Neveu, N. Djavaherian (London: Routledge, 2015), pp. 5-15. It is reproduced here by permission of Taylor & Francis Group.

The additional translations, appearing for the first time, into the Italian and the Spanish are by Anna Aresi and Josefina Massot respectively.

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