El 9 de septiembre de 1996, el avión en el que viajamos desde el aeropuerto de Moscú aterriza en el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Después de pasar por Migraciones, donde sellan nuestros pasaportes, nos dirigimos hacia la salida cargando cuatro valijas enormes. La humedad es intensa y encrespa mi pelo. Mamá está nerviosa, papá ansioso, mi hermano cansado. Los cuatro observamos las puertas que se abren y se cierran automáticamente, vemos la calle, a la gente que se abraza afuera.
Un hombre con valijas y vestido de traje sale del taxi y se acerca a nosotros, frena en seco y nos arroja una pregunta inesperada: “¿Para qué vinieron a Argentina? Esto es el infierno”. Nos quedamos en blanco y no respondemos nada. El hombre se va apurado.
Otro hombre, de estatura muy baja, nos espera afuera del aeropuerto con un cartel en el que está escrito nuestro apellido. ¿Cómo podría él enfrentar mi desconcierto, mi incipiente nostalgia, los nervios de mamá, la angustia escondida de papá, la soledad adolescente de mi hermano? A pesar de todas estas emociones, estamos entusiasmados, lo nuevo nos provoca cosquilleos en el estómago.
El hombre nos recibe con un saludo seco y una sonrisa breve. Observo detenidamente las patas de gallo que se despliegan desde la comisura de sus ojos, la agudeza de su mentón, el bigote que parece artificial. Memorizo su rostro por si acaso.
Nos guía hasta su auto, colocamos las valijas en el baúl y lo que no cabe lo acomodamos sobre nuestros regazos. El motor ruge y nos desplazamos por la autopista, ya no estamos en el avión pero siento como si aún permaneciéramos en el aire. Nunca había visto una autopista así ni experimentado este constante oleaje de autos tocando bocina, ensordeciéndome.
Me sorprenden los arbustos con flores tan grandes, los nombres extraños de las calles, el aroma a carne asada, los hombres con el pelo largo. Todo me resulta novedoso y mis ojos hacen un trabajo doble: observar y comprender. Mis ojos son redes que lanzo sobre lo que me rodea. Recién llegada a Buenos Aires, con diez años, me siento como un bebé que ve el mundo por primera vez.
El hombre nos deja frente a la puerta de un hotel familiar en la calle Congreso. Asegura que es un buen lugar porque acá vive una familia de rusos, la conoce muy bien y se ofrecerá como nuestra guía: nos mostrará los supermercados locales, los colegios de la zona, los parques, la iglesia ortodoxa rusa, y nos enseñará las frases correctas para saludar, agradecer, despedirnos.
La encargada de este hotel es una mujer de unos cincuenta años, menuda y fibrosa, con la piel exageradamente bronceada. Recoge sus rulos en un rodete antes de ponerse a fregar los tres pisos y los numerosos pasillos de este lugar donde todos conocen las intimidades de los demás.
Aunque se nota que la encargada no está muy dispuesta a entablar conversaciones, me habla por obligación. Cada vez que nos cruzamos me comenta: “Qué blanca . . . ” Dice eso para no decir “Qué pálida, qué extraño injerto en un suelo equivocado”.
Nuestra habitación no es amplia y la ventana da a una calle concurrida. La corriente de autos no cesa, es como un río tumultuoso que resuena las veinticuatro horas. Pero es lo único que logro comprender en este nuevo entorno.
Aterrizamos solo hace unas horas y ya estamos instalados en este reducido cubículo. Mañana es mi cumpleaños y me cuesta descansar. Debajo de la sábana juego a ser una momia envuelta en vendajes que, aunque me impiden respirar, me preservan.
“Qué blanca”, pienso. “Blanca como una momia”.
La otra familia
La familia rusa está compuesta por el padre, Oleg; la madre, Sveta; y la hija, Oksana. Ella tiene trece años, su pelo es albino y lacio, desprende un aroma a flores viejas que estuvieron mucho tiempo bajo el sol. Le pregunto por qué tiene ese olor, y ella responde que es por algo que hacen todas las chicas en su colegio: después de lavarlo con champú, se ponen acondicionador y no lo enjuagan.
Su pelo se ve firme, como si un barro transparente lo dividiera en surcos. El mío, en cambio, es corto, y ningún camino se puede trazar en él desde que me cortaron las trenzas, días antes de venir a Buenos Aires.
Oleg, Sveta y Oksana son muy rápidos. Cruzan la calle rápido, responden rápido, se ríen rápido, indican rápido, muestran dónde queda el correo postal rápido, preguntan cuánto dinero trajimos con nosotros rápido. Cuando mamá les cuenta, les brillan los ojos. En cambio, nosotros vivimos en cámara lenta, como los alces que cruzan el lago en invierno para que no se parta el hielo.
Oleg, Sveta y Oksana no me gustan. Pero mis padres se apoyan en ellos. Llenan un vacío. Hablan nuestro idioma, comparten nuestros códigos y, aunque sean un poco más jóvenes que papá y mamá, los tratan de igual a igual. Pero yo no entiendo por qué todavía viven en este hotel si llegaron a Buenos Aires hace ya varios años.
Después de dos meses de amistad, les proponen a mis padres invertir el dinero que trajimos de Gómel para comprar un terreno juntos. Ellos pondrán la mitad de la plata. Aseguran que es lo mejor que podemos hacer con lo que obtuvimos de la venta de nuestro departamento, muebles y auto: diez mil dólares. Conocen una inmobiliaria de confianza que puede ocuparse de los trámites, también a un vendedor. Dicen que el terreno es grande y accesible, los inviernos no son crudos en Buenos Aires, lo que les permitirá construir las casas para ambas familias sin dificultades. Mamá y papá están felices con la idea y desean conocer el terreno.
La habitación que alquilamos en el hotel queda en el segundo piso. En el tercer piso vive un policía con su esposa y su hija de tres años. Cada vez que me ve en el patio, el policía se asoma y pide que le diga una palabra en ruso. Después de unos meses aprende muchas palabras y frases que pronuncia a la perfección.
En el patio no hay plantas y es el lugar perfecto para bailar cuando no hay nadie. Practico saltos y coreografías que aprendí en la escuela de ballet. Antes odiaba esa danza, el rodete me hacía doler la cabeza, la malla se pegaba a mi cuerpo y las chicas no mostraban interés en ser mis amigas. Ahora, la danza me da la posibilidad de olvidarme de que mi vida cambió y de prescindir de cualquier idioma.
El policía se llama Ricardo, es canoso y simpático, siempre está de buen humor y todos en el hotel lo saludan con una sonrisa. Le gusta tomar mate por las tardes y comer sándwiches de miga sentado en las escaleras.
En ocasiones, Ricardo sale de su habitación con el termo mientras yo estoy bailando. Para no interrumpirme, regresa gateando y espera pacientemente a que termine. El día que me di cuenta de que lo hacía para no incomodarme, le dije “spasiba” y él me ofreció un mate diciendo “nezashto”. Fue la primera vez que tomé un mate, amargo y dulce al mismo tiempo.
Con la ayuda de Sveta, mamá nos inscribe a mi hermano y a mí en el colegio público Félix de Azara. Puedo decir algunas palabras básicas como “hola”, “chau”, “sí”, “no”, “gracias”, “no entiendo”. Pero cuando pronuncio cualquiera de ellas, mi cara se pone fea.
Es septiembre y no falta tanto para que termine el año escolar. En el cuarto grado me reciben como a una alienígena: me observan, me rodean y susurran. Cuando mis compañeros de clase se acostumbran a mi presencia, comienzan a robarme los lápices, rompen mis cuadernos y me dicen insultos, o eso creo. No saben nada del lugar de dónde vengo, no me dicen “luciérnaga” ni me preguntan si brillo en la oscuridad. Solo se burlan de mí porque soy un blanco fácil.
En octubre mi hermano y yo tomamos la decisión de dejar de asistir a ese colegio. Aunque mamá y papá no nos preguntan la razón, la aceptan. Es la primera vez que nuestros padres no se oponen a algo tan importante, y eso me preocupa. No les contamos que mi hermano se enfrenta a los chicos que no paran de agredirle, ni que en el baño las chicas intentan quitarme la camiseta para cortarla en pedazos. No entiendo qué es lo que quieren de mí. ¿Ver mi cuerpo? ¿Acaso no se parece al de ellas? ¿O desean pellizcarme como yo pellizcaba a las cabras de mi abuela, para que corrieran desquiciadas y se perdieran por ahí?
Las cosas que no entiendo de la nueva escuela
Que haya un mástil en el patio.
Que se ice la bandera todas las mañanas mientras nos obligan a cantar “Alta en el cielo un águila guerrera”.
Que en vez de uniforme tengamos que usar un guardapolvo blanco como los médicos.
Llevar ropa debajo del guardapolvo y sentir que la gente en la calle, al verme, piensa que estoy desnuda.
Que la maestra, en vez de llamarme por mi nombre y apellido, me diga “gordita”.
Que haya tantos actos.
Que la directora quiera que mis padres vengan a todos los actos. Que mis padres no quieran ir porque no entenderían nada.
Que los chicos puedan hablar en clase sin levantar la mano. Que puedan hablar entre ellos.
Que puedan correr por el aula. Que puedan arrojarse cosas.
Que peguen stickers en las hojas donde hacen la tarea. Que la profesora, al corregirlas, ponga una carita feliz.
Que las chicas y los chicos que se llevan mal se saluden con un beso a la salida.
Las cosas que me gustan de la escuela: que en el patio haya un jacarandá.
Ajo por ojo
Durante mi primer invierno en Buenos Aires no uso campera ni bufanda porque estoy habituada a temperaturas mucho más bajas. Extraño la nieve, los lagos cubiertos de hielo y el vapor que sale de la boca.
La gente en la calle me mira con asombro, mi falta de abrigo parece causarles frío. También miran mal a mamá, tal vez creen que no me cuida. Ella no se percata de esas miradas, tiene otras preocupaciones que demandan su atención. Se exalta ante lo que le parece ilógico en un país tan diferente al suyo y contempla la posibilidad de dejar de responder las cartas que llegan desde Gómel, de sus amigas y hermanas, quienes no cesan de preguntar por qué nos fuimos tan lejos.
Cuando vamos a la verdulería, mamá pide “ojo” en lugar de ajo. Intenta explicar que le dieron mal el vuelto, busca productos que solíamos usar en Bielorrusia pero que acá no existen y se da cuenta de que no puede integrarse a este nuevo mundo sin que corrijan sus frases o su acento.
No es difícil comprender a una mujer que entra a la carnicería tomada de la mano de sus hijos, pronunciando cada palabra lentamente por temor a equivocarse. Solo hace falta seguir su empeño en articular cada sílaba para llegar al churrasco, a la carne picada.
El carnicero ríe agarrándose de su enorme panza y llama al ayudante provinciano para que observe a mamá como si fuera una mona tras las rejas. El joven se sonroja, fuerza una mueca de amabilidad mientras esperamos que termine el espectáculo. Me saluda agitando la mano, y me doy cuenta de que le faltan dos dedos. Tiro del abrigo de mamá. Cuando se agacha sin perder de vista al carnicero, le susurro: “Mamá, le faltan dedos, como a la abuela Elena”.
Deseo tomar esa mano y apretarla con fuerza, que él me lleve a pasear por el barrio, unidos por esta amputación. Quiero mostrarle el hotel donde nos alojamos, contarle los chismes de la gente con la que convivo y hablarle de lo difícil que es ir un colegio donde nadie me entiende. Sin embargo, esa mano deja de saludar y agarra el cuchillo.
Mina de oro
Por las noches, me resulta difícil conciliar el sueño. Las bocinas y las acaloradas discusiones de los hombres que beben cerveza hasta tarde en el quiosco de la esquina me alteran. Nunca antes había sentido tan intensamente la falta de silencio y soledad. En Gómel, los ruidos comenzaban a menguar a partir de las seis de la tarde, y entre las siete y las ocho cenábamos. Papá elegía la música de fondo según su estado de ánimo, que podía variar entre Bulat Okudzhava, Aquarium o Mashina Vremeni.
Echo de menos a la lorita Masha, a la abuela Elena regañándome por pisar las frutillas mientras corría detrás de un gato, y los chismes de las amigas de mamá que escuchaba escondida detrás de la puerta de la cocina. El balcón cerrado donde podíamos jugar en invierno y mi colección de revistas para colorear. También el río Sozh después de la nevada. Exploraba su superficie con la esperanza de encontrarme con algún pez atrapado en el hielo.
¿Qué estarán haciendo ahora nuestros familiares y amigos? ¿Mis compañeros de clase pensarán en mí, sentirán mi ausencia cuando se saquen la foto grupal para fin de año?
¿Habrán marcado en el mapa dónde aparece “Argentina”? ¿Inventarán leyendas sobre mi partida?
Siento tristeza todos los días. A veces, me parece que ya no podré vivir sin ella, y, poco a poco, me convierto en una adicta. La tristeza no es una mina de oro, me digo. Mejor tomo el compás que nunca aprendí a usar bien en el colegio, trazo una abertura en mi vientre, meto la cabeza y, pujando, entro. Desaparezco en mí misma por un tiempo. Para pensar y encontrar tranquilidad donde no hay luz y el ritmo de mi sangre me arrulla. El oro no está en la tristeza.
Carrusel
La maestra se llama Rita, es delgada como una espiga y tiene el pelo negro y abundante. Siempre usa la misma pollera, además de un guardapolvo corto. Cada vez que me mira, sonríe y se le arruga la frente. Me habla lento y fuerte, y yo asiento con la cabeza. Revisa si anoté bien la tarea y pregunta varias veces si la entiendo.
Me acaricia la cabeza y todos los días me pregunta: “¿Qué desayunaste hoy?”. Respondo siempre lo mismo: “Té”. Es la respuesta más breve y me sirve para que ella me deje en paz. Aunque los meses pasan y aprendo rápidamente nuevas palabras y frases más complejas, la maestra persiste en hacerme la misma pregunta. Y yo continúo girando en ese carrusel que construimos juntas, repitiendo una y otra vez: “Té”. Pero en realidad me encantaría decirle: te engullo, te mastico, te incorporo, para que nos quedemos una dentro de la otra, en silencio, si no podemos hablar de otras cosas.
Compraventa
Mamá y papá se llevan cada vez peor. Esto viene de antes, pero ahora que estamos acá sus diferencias se acentúan. Se vuelven menos nobles, menos tiernos entre ellos, parecemos animales que no encuentran donde guarecerse, y se viene la tormenta. La precariedad de nuestra situación lleva a que mamá y papá digan sí a la compra del terreno. La familia rusa se alegra. Brindamos con sidra en su habitación. Al día siguiente, papá, mamá, Sveta y Oleg van a la inmobiliaria y firman los papeles de compraventa. Mamá y papá hablan de la nueva casa, de la construcción, del clima y del suelo. Hay brillo en sus ojos.
Al día siguiente de la firma de los papeles de compraventa del terreno, la familia rusa desaparece. Mis padres no sospechan nada en ese momento, piensan que quizás se fueron de compras y luego a visitar a algunos amigos argentinos. Pero llega la noche y ellos no regresan. A la mañana siguiente, mamá le pregunta a la encargada del hotel por ellos. “Se fueron ayer tempranito con todas sus cosas”, responde mascullando, y con un cigarrillo apagado entre los labios.
Papá se deja caer en la cama que compartimos los cuatro, con el rostro hacia abajo. Mamá recorre la habitación como si se preparara para correr, impulsarse, salir de sí. Mi hermano y yo observamos el hermoso rostro de mamá envejecer de golpe.
Al escribir, hago el intento de conciliar lo importante y lo que no lo es, lo concreto y lo universal, la tragedia y la dicha, el pasado y el presente, el dolor y la ternura. Pienso en Oksana y su pelo albino: creí que ella había pasado por mi vida sin dejar marcas, sin embargo, el olor opresivo de su pelo me había anunciado la catástrofe familiar. ¿Qué es lo importante, ¿qué no lo es? ¿Y si lo importante naufraga en el mar tumultuoso de la memoria? Escribir es como bucear. El peso de mi historia me hunde. Conocer el fondo y no olvidarse de él es volar después.

