Mi madre y yo

Jimin Kang

Artwork by Lu Liu

El verano en que me gradué de la universidad, leí el Quijote por primera vez. Mi madre hizo lo mismo. Lo hizo porque, durante todo el verano, yo pasaba muchas horas acostada en nuestro sofá en Seúl, leyendo ese tomo de novecientas páginas como si fuese la fuente del sustento que ella no me podría dar. 

—¿Por qué a ti te gusta tanto este libro? —me preguntó un día, en el coreano que compartimos. Y yo, su hija hispanohablante que estaba leyendo una traducción en inglés, contesté:

—Porque Don Quijote me hace pensar en un tipo de fe que yo quiero tener.
 
Mi madre no habló más del asunto. Al día siguiente volvió de la biblioteca local con una traducción coreana del Quijote. Pero esta versión era bastante diferente a la mía: donde mi libro tenía palabras pequeñas apretadas en páginas finas, el suyo —de doscientas páginas— estaba lleno de dibujos y espacios generosos entre las líneas. En esos espacios, nuestras concepciones del protagonista caían y se chocaban, matizadas de manera diferente por el bello y bruto arte de la traducción.

He heredado muchas cosas de mi madre —la curva de mis uñas, mis neurosis, la sonrisa en mis ojos— y al hacerme mayor me doy cuenta de que vivimos en mundos distantes. Esta distancia es visible, por ejemplo, en nuestras intimidades lingüísticas. Mi madre no conoce el español y es probable que nunca lo aprenda. En cambio, yo he dedicado los últimos diez años de mi formación intelectual a mundos lingüísticos lejos de nuestra Corea; he estudiado —estoy estudiando— en países como Estados Unidos e Inglaterra, en salas y seminarios que mi madre, por la distancia o una escasez de ganas, nunca va a conocer. Y tal vez esa barrera explique una duda que siempre me aqueja y que tiene algo que ver con aquella falta de fe: ¿es mío el español? No sé, a decir verdad: puedo escribir estas palabras y entender las cosas mundanas del día a día, pero nunca he dicho te quiero en español sintiéndolo dentro de mí. Aprendí cómo decir lo siento en un aula. Nunca he dañado a otra persona con el español, eso lo puedo asegurar. Y pienso que la capacidad de tocar con palabras el corazón de alguien que amas es la muestra suprema de que has dominado una lengua.

Pero la verdad es que el proceso hasta este punto no ha sido fácil. Yo sé, porque la heredé, esta verdad. Mi madre aprendió inglés cuando tenía veinte años, con la ayuda de misioneros mormones en su ciudad natal, en el sur de Corea. En un momento de su vida, en una parte que no tuve la oportunidad de conocer, ella trabajaba como profesora de inglés con niños de preescolar. Casi treinta años después, ella pasa sus días trabajando en frente de una computadora en Seúl con la pantalla dividida: un traductor abierto en el lado izquierdo y un correo electrónico, en inglés, en el lado derecho. La configuración es de alguien que al mismo tiempo conoce y no conoce, o mejor dicho, que confía y no confía en una lengua. Es una imagen familiar para mí: estoy viéndola ahora mientras escribo este ensayo.

—¿Qué piensas sobre Don Quijote? —le pregunté a mi madre, una noche después de la cena. 

—No entiendo por qué te gusta tanto ese caballero —respondió—. Está loco, verdaderamente loco. Y solamente daña a otras personas. 

—¿No piensas que es valiente el simple hecho de salir de la casa para vivir aventuras? —la presioné—. ¿El hecho de creer tanto en sus propias ilusiones hasta convertirlas en su realidad? 

—Pero no lo veo en mi libro —me dijo—. Lo que veo es un protagonista egoísta, a decir verdad.   

Según el Instituto Cervantes, hay traducciones del Quijote en más de 140 lenguas y variedades lingüísticas diferentes. Por el hecho de ser traducciones, cada una, yo imaginaría, es diferente no solo del original sino también de las otras. 

Traductores y lingüistas sostienen que no hay equivalencias entre algunas palabras de diferentes lenguas; si aceptamos esto como verdad, cada traducción sería un acto de invención, una génesis nueva con el uso de materiales que ya existen, como la construcción de una casa con materiales reciclados o como en las infinitas posibilidades de crear un hijo. Y esas posibilidades se cruzan y se mezclan como vecinos viviendo en la misma ciudad, como amantes y amigos o, en un mundo ideal, como iguales. Esa imagen es algo que un profesor mío, Matthew Reynolds, usa en un texto sobre el concepto de fronteras en la literatura. Languages are not distinct entities between which translation can jump —escribe él—. They do not have a clear border separating the words that are citizens of one from the words that are citizens of another.

Sin embargo, siempre vamos a tener la cuestión de la Torre de Babel: no hay dos traducciones iguales. Dos personas pueden leer el mismo texto en lenguas diferentes y tener reacciones distintas, especialmente si una versión es abreviada y promocionada para públicos diferentes. Y siempre habrá públicos diferentes. Vivimos en un mundo diverso y desigual.

Mi primera reacción después de la conversación con mi madre fue tener ganas, ganas fuertes, de traducir el libro que yo amaba para ella, para que lo entendiéramos de la misma manera. Pensé en un Don Quijote ansioso por una aventura que le parece imposible y deseé ser más como él —o incluso como Sancho Panza, quien desarrolla esta fe a lo largo del tiempo, poco a poco, hasta el punto en que lo imposible se convierte en lo real. La verdad es que la traducción en mi cabeza sería improbable, y no solo porque mi coreano —un coreano casero— sería insuficiente para una obra tan monumental como el Quijote (al menos por ahora). Intraducibles, también, serían los privilegios que yo tuve y que mi madre no. Caminamos en universos diferentes: yo, en las bibliotecas de las universidades más ricas y viejas del mundo; ella, en la biblioteca pública de nuestro barrio residencial en Seúl. Yo tuve una profesora que me regaló una copia del Quijote y me dijo: debes leerlo.  Ella no tuvo a nadie. Ni a mí, a decir verdad, porque no fui yo quien la alentó a leer el libro en primer lugar. Lo que ella tenía eran solamente las ganas de entender a una hija quien, durante las vacaciones entre sus semestres, volvía a casa siendo cada vez más distante, más lejana, y que decidió dedicar su vida a otro —una lengua en la que un día podría leer el Quijote, si así lo quisiera. Es una habilidad que mi madre no tiene, pero que yo tengo porque fue ella quien me dio la oportunidad.

Sí, mi madre nunca va a leer este ensayo en su versión original. Por el resto de mi vida, admito, ella va a entender lo que hago principalmente a través de la traducción. ¿Pero no es así, siempre? Soy una traducción de mi madre: soy de ella, pero no soy ella. Existo en infinitas posibilidades, dado a la existencia de mi madre. Mi madre, quien siempre me apoyó en la aventura de conocer otros mundos, quien pagó por mis clases de español, quien me llevó un verano a España pidiéndome usar el español que ella me permitió aprender. 언어를 알면 언어를 써야지, decía mi madre: saber la lengua es usar la lengua. Quería decir: yo te di la oportunidad de saber esta lengua. Quería decir: por favor, úsalo. Para mí. Dominar una lengua es cerrar el ciclo.

엄마. Mamá. Sin ti, no soy nadie. Soy tú, pero con la distancia entre las versiones que somos. Quiero creer en el hecho de que nos podemos encontrar en el medio de esta distancia que yo, hasta ahora, nunca traté de cruzar. Pero tú sí, en el acto de criarme. Te estás acercando, poco a poco, día tras día. ¿No es eso lo que te inspiró a leer el Quijote la primera vez? Ahora mis ganas de hacer lo mismo me impulsan a escribir estas palabras en mi computadora; un traductor en el lado izquierdo, un documento de Word en el lado derecho, tratando de escribir en un lenguaje que conozco y no conozco a la vez. Un eco humilde de lo que haces en tu tentativa de entender otra lengua, y a otra persona. Para entenderme. Para amarme.

Ahora, quizás, entiendo un poco como es; hay solamente una cosa que te quiero decir, mamá: lo siento. Y te agradezco. Estoy aquí usando lo que me diste, como me pediste que haga, para ti.



This essay in its original Spanish was first published in Casapaís in April 2022.