Dos Poemas

Alejandro Saravia

Señas de identidad

ardió la sed al cruzar el frágil puente
secó la sangre su recuerdo en estas pupilas
el tiempo glauco fue borrando
las líneas en los mapas y los rostros
los guerreros pasaron ante mis ojos
con la espuma en la boca
como caballos desbocados
mil taxis recorrieron la ciudad
sin frenos, a los gritos
hasta estrellarse
y volver a empezar
la ruinosa carrera

todo esto vi antes de venir a verte
de Brossard a Montreal
en la mano los gastados dados
sosteniendo la fe de mis días

quizá te muestre un pasaporte
con mi foto tomada una tarde
en un estudio iraní
a la salida del metro Jean-Talon
pero ese ya no soy yo

quizá tus palabras quizá tus ojos
puedan decirme quien soy ahora
en esta esquina de la calle Sherbrooke

quizá puedas recomponer
la gramática de mis huesos
acomodar las dudas por orden de angustia
catalogar mis confusos recuerdos
según los vitrales de la nostalgia

me traicionarán mis lenguas
cuando deba nombrar mis ciudades
mi voz será como la nieve en tus manos
mis eres saldrán arrastrando mis ges
y dirás que mi español se va quebrando

conversaremos
con el silencio de los distantes
quemaremos los leños de la infancia
entibiando la tarde montrealense
alumbraremos los recodos del tiempo
el fondo de las ollas y los vasos
las calles donde fuimos niños
sin prisa ni pasaporte
niños en las más antiguas repúblicas

haremos todo esto
antes de que el olvido
nos arrastre por el caudal de un río seco
y seamos de nuevo suma de polvo
de los Andes y las Rocosas
el más callado de los silencios



Breve reflección acerca del arte de ser boliviano a las cuatro de la tarde en Montreal en un seis de agosto

Oro es la madera, morena al sol de agosto.
Las horas beben la tarde
que cuelga sus nubes y sus pájaros
afuera en el balcón.

Es agosto y debería sentirme patriota,
tricolor y boliviano.
Espero.
Quizá llueva.
En París toman vino en la embajada
y un secretario dice al teléfono:
“una pequeña cosita . . . ya casi se acaba” (mejor no venga)
Ser boliviano en agosto en París es tomar un poco de singani,
encontrarse en el metro del Odeon unos andinos enzampoñados,
querer llorar un poco
y sentirse seco
como un río de piedras ardidas
que sueñan alguna lluvia.

Ser boliviano en Washington
es comer salteñas a eso de las diez
cerca al subway Ballston,
bailar unas cuecas en la noche,
emborracharse y querer morirse
por ver Cala Cala de nuevo
y después dormir
bajo la luna de un alka seltzer.

La tarde en Montreal
ondea camisas y las corbatas con sus fetiches
se ponen augurales con almidón.
En un hotel esta noche
se cantará a voz en cuello un himno de batracios,
y se sentarán y callarán algunos,
furiosos de ser tan boliches.

Luego habrá chicharrón, cerveza
(imaginada paceña)
y de algún lado
inventarán chuños ilegales
y locotos disfrazados.
Quizá ser boliviano
es una cuestión de estómago.
Ser boliviano es ser un diablo creyente
comiendo fricasé,
un moreno angustiado, un pepino melancólico.

Cuatro de la tarde
esforzada hora para querer sentirse boliviano.
Un poco.