Presidio Político Maria Zélia, 1935

Paula Abramo

     un erebo bajo otro erebo
     bajo un
     tercer erebo
     que desemboca en un cuarto
     la ciudad amanece punteada de gorriones
     de gorrión a gorrión
     repta la miopía
     el último erebo
     de las serie se ahonda en otro
     imposible
     prender un cerillo pero viene la sombra
     de mi abuelo
     envuelta en papel cebolla
     y golpes oxidados
     de escritura clandestina
     direcciones falsas
     nombres encubiertos en un género fingido
     personajes de una gesta reducida a abreviaturas
     viene Fulvio
     a recordarme
     “no mires hacia adentro”
     no mirando hacia adentro
     el abismo
     se desintegra en trenes matutinos
     color naranja vagones y vagones y vagones
     llenos de tibieza
     resabios de baño apresurado y secadora
     organizado apretuje
     solidario
     que se desintegra a su vez
     por las calles deshilachado en estaciones
     se distribuye en oficinas talleres mecánicos
     supermercados
     con la ropa vieja
     opacidad raída
     sale
     se distribuye
     y enciende cerillos que encienden cigarros
     que encienden
     hornillas que encienden
     el rápido desayuno a horas obscenas
     que enciende el día
     a su vez hecho de días
     puesta en abismo de matices imprevistos





Observa la huella de la gota:
la forma ovoide de aspereza denunciando
en el papel ya viejo,
ya de más de ochenta años,
¿qué
   separaciones,
   lluvias,
   goteras,
qué circunstancias aquí colegidas
determinan
la transgresión de ese cierre autoritario:



   “quema esta carta,
   no la guardes,
   no escondas papeles,
   borra, anula:
   fiat lux”?



En cuyo caso el fiat habría sido
un no quedar rastro. Un destello sin opciones,
un no, más que un inicio.



     Y mientras, graznan
     los cerrojos
     la única palabra que conocen: quién.
     Y la pregunta encierra
     la posibilidad de rancho,
     la permisión del sol, el lapso
     antes del golpe.
     Quién, preguntan todos, y los complementos
     circunstanciales y directos del pronombre
     en su mucha variedad construyen
     los barrotes,
     los muros,
     los días de la semana
     interrogados:
     quién te dijo, quién vino, a quién frecuentas,
     quién te dio estos libros, de quién
     son estas cartas
     manuscritas.



       Y hace años, de niño,
       en sepia, lento, hundías el plumín filoso
       y las planas
       llenándose despacio y pulcras
       para esto.



       Y ahora aquí, un diente podrido en la mazmorra,
       casi como una semilla que brotara,
       que echara una raíz cálida y gorda de pus
       hasta el pulmón.
       De quién son estas cartas de quién
       las recibiste.



Distíngase entonces el fiat
del fiat
uno es nacer de luz para anularlo todo, un cerillo
encendido al borde de una carta,
y que abre un hueco en el tiempo, un hueco invisible
en la retina,
como los libros de Alejandría en llamas, fuera
del campo visual, lejos
de la hipótesis de luz, y el otro
fiat que engendra
     y expele
a sus contrarios,
lo negro, la guerra,
el suelo: un fiat
fértil, encarnado
en cosas,
no en ausencias.



     Mamma,
     los días
     son tranquilos.
     Traduje aquí un manual
     de elaborar zapatos,
     te lo mando con la venia
     del amabilísimo rector de este presidio
     para tu sustento
     y el de mis hermanos.
     Gracias por los trajes
     y el pastel de nueces.
     Felicita a la prima
     que se casa.



Calcúlese entonces qué complementos,
la importancia de qué completivas,
qué acusativos, dativos, determinan
la distancia entre un fiat y otro fiat.



Por ejemplo, esta carta,
prisa previa a la fuga,
gotas
que se acusan restos
de películas lagrimales
microscópicamente reventadas,
como globos torpes,
grávidos, precipitados
sobre la instrucción precisa:

     quema
     tu manía de atesorar papeles.

Pero en la celda, meses antes,
la luz entrando como una ironía del trópico,
algunos loros dibujados en el cielo,
en el horizonte
sonoro de la cuadra del presidio;
la antorcha
iluminando
el calabozo negro de Castell Sant’Angelo,
y los interminables soliloquios
de Cellini
con dios mismo,
ahora aquí vertiéndose a otra lengua,
en otro calabozo
¿eco de aquél?
como en un juego de espejos
venecianos.