La palabra inmediata

María Sánchez

Illustration by Emily S. Franklin

INTRODUCCIÓN

Me gusta pensar en la escritura como algo que siempre crece. Como una semilla que nunca deja de germinar, que se desarrolla en ambos sentidos, en la mano que escribe (el sustrato, las raíces) y en las manos que acontecen la lectura (las ramas, las hojas). Empecé a escribir estas cartas como una especie de ceremonia, un ejercicio conmigo misma y con las manos que recibían estos pequeños fragmentos en su correo electrónico a través de la aplicación virtual tinyletter. Me preguntaba muchas veces qué germinaría en el papel o en la pantalla si me sentara a escribir sin límites ni normas, si me dejara arrastrar por los dedos, casi cerrando los ojos. A menudo pienso en el acto de escribir como la que va tras los pasos de voz de un lobo que nunca ve.

Para María Gabriela Llansol, sus cuadernos de notas eran, mayoritariamente, una especie de terreno vacío donde todo lo escrito se encuentra ya sembrado, aunque nosotros, desde arriba, no observemos nada. Cuando la escritora continúa escribiendo sus notas, fragmentos, esquemas y dibujos, sucede el germen y el suelo empieza a llenarse de brotes que sí son apreciables a la vista. Como ella escribía, es aquí, en este proceso, que podría parecer a primera vista caótico y nada sereno, donde realmente se desvela la escritura. Una escritura honesta, verdadera e infinita, que ha estado a la sombra durante décadas en Portugal y que al fin tiene el reconocimiento que merece.

Ella, en cierto modo, lo intuía y así lo escribía en uno de sus cuadernos desde el exilio:

 Yo, Gabriela, en la hora de la gran decisión
decido que no tengo parámetros:
  • soy mujer sin hijos;
  • soy escritora (prefiero escribiente) sin reconocimiento;
  • soy trabajadora pertinaz y regular con vida material incierta.

La palabra inmediata es el título de uno de sus cuadernos. He querido nombrar a estas cartas así, por la manera en la que han tenido lugar y se han sucedido las unas a las otras. También, por supuesto, como un guiño a ella y a su escritura, que tantas veces me acompaña.

 

CARTA PRIMERA
Aquello que éramos incapaces de decirnos

21 de enero de 2018

Escribo y sé quién está al otro lado.

Es una sensación reconfortante, como un pequeño paréntesis entre tanta inmediatez.

Recuerdo mi primer diario, que no era realmente un diario, sino las cartas que nos escribíamos cuatro amigas en primaria en el mismo cuaderno. La única condición era escribir todos los días durante una semana. Cada lunes, se pasaba el diario a la siguiente. Y así, crecimos, sin darnos cuenta, esperando al primer día de la semana para leernos entre nosotras, para tocar en el papel aquello que muchas veces éramos incapaces de decirnos en el día a día.

No sé dónde está ese diario. Hubo más, pero yo me quedé con el primero. Recuerdo las tapas, llenas de pequeñas rosas de color rojo, demasiado rojo, demasiado inocente, demasiado naif. De esos años solo me queda ese diario, y está bien guardado en casa de mis padres, así, como algo que no tiene importancia pero que no quieres tenerlo a la vista, a mano. Si quisiera rescatarlo, tendría que involucrar al cuerpo, hacer un esfuerzo. Abrir un armario, levantar una tapa de un hueco gigante vertical, quitar toneladas de libros, zapatos, ropa, revistas, y al fin, al fondo, podría arañarlo con los dedos. Pero aún tendría que ponerme de puntillas, impulsarme, hacer otro esfuerzo más.

Quizás suene feo, pero lo que más echo de menos de esos días era escribir ese diario. Ahora, mientras escribo estas líneas aquí, me pregunto si escribía a menudo porque sabía que había alguien esperando para leerlo. ¿Alivio, seguridad, complicidad? No lo sé.

Ayer, comiendo en el bar de abajo de casa, una mujer me pidió por favor, sonriendo, un poco nerviosa, que le echara un ojo a sus padres, que no se fiaba de ellos. Ella iba al baño, pero no iba tranquila si los dejaba solos. Esa mezcla de temor y ternura en su cara se quedó conmigo el resto del día, y hoy sigo pensando en ella. La forma de sus manos, su alegría, cuando volvió a ver a sus padres, ya viejitos, eran como si fuera la primera vez que los viera en muchísimo tiempo.

No sé hasta dónde llegaré con estas cartas, si servirán para algo, gustarán, acompañarán, o simplemente pasarán a formar parte de la pestaña spam de muchas bandejas de entrada.

Me quedo, mientras, con esto que traduje de María Gabriela Llansol:

¿Sobrevivir escribiendo será una manera ciega de ser útil a la especie?

 

CARTA SEGUNDA
Nací adulta y moriré niña

28 de enero de 2018

Hace meses que estoy obsesionada con una imagen de la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís. Es en realidad un fotograma del documental sobre ella Nasci adulta e morrerei criança, algo así como “nací adulta y moriré niña”. Esta escritora infinita, que está cerca de cumplir cien años, aparece, en primer plano, en una especie de butaca. Detrás de ella, hay un árbol inmenso.

Las ramas parecen que también pertenecen al cuerpo de la mujer. Como si ramas y cuerpo compartiesen la misma anatomía. La imagen también tiene una luz especial, como si fuese una especie de idioma universal para definir la palabra casa.

Ayer, mi padre me contó una historia preciosa que no conocía. Y tiene que ver con una mujer y un árbol. Mi tatarabuela Pepa conocía muy bien todos los alcornoques y encinas de su tierra y, cuando supo que le quedaban pocos años de vida, ella ya no podía caminar ni valerse por sí misma, pidió que la llevaran en una especie de sillón a ver el alcornoque más viejo y más bonito que tenía. Ese año le sacaban el corcho, e intuía, de alguna manera, que ni ella ni el árbol sobrevivirían para ver la próxima saca.

Es curioso este lenguaje de manías y palabras que vamos tejiendo y haciendo poco a poco nuestras. Desde el verano, cada vez que voy a la casa de mis abuelos, hago fotos y grabo al limonero del patio. No sé todavía con qué sentido ni para qué, pero me encanta hacerlo. Mi padre dice que es un limonero cualquiera, pero me gusta inventar una narrativa en torno a sus ramas y sus pequeños habitantes.

Hoy, en su arriate, ya había violetas. A mi abuela Teresa le encantaban. Las hemos cortado y las hemos dejado en agua, en el violetero de plata que tenía en el salón para ellas. Así, la casa se ha quedado hoy menos sola.

 

CARTA TERCERA
Desmontar lo que es obvio

11 de febrero de 2018

Es curioso cómo el cuerpo va construyendo una especie de narrativa en torno a tu día a día. El viernes llegué de trabajar y caí enferma. Justo el viernes. Justo cuando ya había entregado todo lo pendiente, cuando ya había hecho más de 800 kilómetros en dos días, cuando ya había dejado de trabajar en el campo a 3 grados bajo cero.

Además, a principio de semana, pude por fin entregar un artículo, para mí muy importante, para una revista sobre mujeres y medio rural. Reconozco que esta tarea pendiente me estaba quitando el sueño y hubo bastantes días que me despertaba antes de que las seis de la mañana hiciera saltar la alarma pensando en él. Qué importante y qué cuesta arriba se nos hace a veces escribir sobre nuestro día a día, lo que conocemos, a fin de cuentas, sobre nosotras mismas.

Y el cuerpo lo sabe, y advierte. Estaba deseando irme con mi padre el viernes para pasear con él por el campo, para ayudar a mi tío con sus animales, para visitar el huerto que desde que mi abuela pasa el invierno fuera por el frío lo siento cada día más solo. Pero no pudo ser y me tocó quedarme encerrada, darle tiempo y descanso al cuerpo para poder volver a empezar.

Ayer empecé Las canciones de los árboles, el segundo libro de uno de mis escritores favoritos: David George Haskell.  (os copio aquí un fragmento):

En los bosques y parques nacionales de estados unidos, las geologías culturales, los procesos que crean geografías de atracción y de miedo, han sido exclusivistas desde un principio. Estas instituciones nacieron de unas filosofías de la naturaleza que se deleitaban en la imaginada superioridad de la raza blanca y la masculinidad.

Y así, desmontando poco a poco lo que se supone que es tan obvio, intento construir una casa, donde las primeras piedras solo han sido hombres (lecturas, familia, referentes, amigos) y la voy reformando, poco a poco, con las voces y las manos de todas las mujeres que me han hecho llegar hasta aquí, y ser lo que soy hoy en día.

Ayer mi madre vino a casa, con caldo y un ramito de hierbabuena de nuestras macetas. Me habló de mi hermano José, de una amiga suya que ya huérfana de madre, acaba de perder al padre.

Mi madre, emocionada, me contaba que a mi hermano le hablaba de que ya había perdido del todo su infancia. Y al irse, un titular en el ordenador sobre una charla con alumnos de Lobo Antunes en Lisboa: “Quando eu nasci a morte não existia e toda a gente estava viva.”

 

CARTA CUARTA
Escribir en sueños pero sin pluma

18 de febrero de 2018

Por culpa de Claudio Bertoni empecé en agosto a escribir mis sueños. No soy constante, a veces lo olvido, a veces escribo de más. Posiblemente el sueño que termino contando en el papel ya se ha deformado demasiado. Llevo meses soñando con una mesa gigante, de madera.

Es robusta, demasiado grande, y no hay nada. Ni siquiera un folio en blanco. Paso la mano por la superficie. Me gusta su ruido, la erosión de la madera que no cobija ni una mota de polvo. En el sueño me muero por escribir pero no tengo con qué. Yo me encuentro en medio, preguntándome una y otra vez que me querrá la vida.

¿Es una más escritora por tener más tiempo para escribir? Escribir como producir, quiero huir de eso. Me vuelven las preguntas en el sueño y en el día a día, otra vez. ¿Querrá la mesa que escriba? ¿Dónde estarán los animales? ¿Dónde estarán todas aquellas mujeres que han pasado de puntillas por la vida y han quedado sin voz y a la sombra? ¿Escribirán ellos y ellas sobre mí? ¿Recuerdan mis manos como yo recuerdo la piel de todos y todas a los que he tocado?

Y en mi cabeza, dos cosas: “ver un paisaje tal como es cuando yo no estoy”, de Bertoni y una canción que se me olvida de Lispector que me canta y no deja de preguntarme si la vida me quiere y me querrá escritora esta semana.

Trabajé por La Rioja y por Castilla y león.

A los pies del Moncayo, paré para tocar la nieve.

 

CARTA QUINTA
Vértigo ante la pausa

4 de abril de 2018

3687 kilómetros sólo este mes, el mes más corto del año.

Siempre cuento los kilómetros que hago con la furgoneta. Esta última vez, que me encontraba haciendo la suma para entregar mi hoja de trabajo del mes y así poder cobrar, me he dado cuenta en que nunca pienso en las horas que paso conduciendo.

He sentido algo como vértigo. He empezado a calcular, así, medio por arriba, medio por abajo, y me ha entrado miedo al pensar que quizás paso más tiempo al volante que despierta en mi propia casa.

Otro domingo más delante del ordenador: entrevistas, artículos que se saltan la fecha de entrega, proyectos y un libro que me recrimina que debo dedicarle más tiempo.

Esta noche, antes de quedarme dormida en el sofá, volveré a coger la agenda y de nuevo, reescribiré todo lo pendiente por hacer.

Me diré a mí misma una vez más eso de sacar una hora al día para escribir. Empezaré el lunes con ganas, como siempre intento. Es difícil y contradictorio a veces, mi trabajo y mi escritura: no pueden vivir por separado, pero también, hay muchos días en los que se echan demasiadas cosas en cara.

No sé cómo explicar este sentimiento inconsciente de culpabilidad que tenemos muchas mujeres cuando, simplemente, “no hacemos nada”. Esa sensación que he visto tantas veces en mi abuela y en mi madre, y que yo, de vez en cuando, sigo reproduciendo.

Como esa losa de hormigón que tienen encima todos los muertecitos que sus familiares decidieron dejar en el lugar que terminaría convirtiéndose en un pantano. ¿Serán ellos conscientes del peso que soportan?

Por lo menos, al fin, llueve de verdad.

 

CARTA SEXTA
El cuerpo de un poeta

18 de marzo de 2018

Hay palabras que me cuesta trabajo pronunciar, escribir, darles su voz y tiempo.

Durante estas dos semanas que acaban de irse han rondado dos demasiado mi cabeza. La primera, en la revisión médica que llevaba dos años sin hacerme.

Por fin me han hecho pruebas para la brucelosis y toxoplasmosis: mi trabajo también conlleva algunos riesgos, que porque no aparezcan en mi día a día no quiere decir que no existan. Por eso, de vez en cuando, hay que nombrarlas, incluso, reclamarlas, para poder así, quizás, ponerlas en el sitio que les corresponde.

La otra, me ha llevado a la desaparición de uno de mis amigos más cercanos del colegio, hace ya un par de años, y me viene a la cabeza de nuevo esa sensación absurda de querer dar respuesta a algo que no lo tiene.

No conocí en persona a Víctor Heringer, pero hablábamos mucho por redes, y dejé sin terminar una traducción de algunos de sus poemas para un proyecto fugaz que terminó quedándose en semilla. En ningún medio han dicho el por qué.

Encontraron su cuerpo en la calle, cerca de su casa, cómo encontraron a mi amigo.

Nadie se atreve a nombrar, a hablar, a responder.

Nos mandamos los libros a la vez pero nunca llegaron.

Me gusta pensar que quedaron en algún punto del océano, tirados en la bodega del avión, o en la papelera de alguna oficina de correos. Sé que es imposible que ambos compartan espacio y tiempo, pero es un poco reconfortante imaginarlos así.

También estos días he sentido el impulso de terminar la traducción, pero ha sido eso, sólo un impulso tonto e innecesario. Junto al poema me mandó la imagen de su firma a mano.

A veces me gusta abrir el documento y pensar en la mano del escritor sobre el papel.

Lo que me gustaba de ese proyecto era hablar con el poeta, ver crecer cómo cambiaban las palabras en el otro idioma, buscar poemas hermanos, sentir cerca esa voz atravesada por un océano entero.

Saber, por un momento, que cualquier cuerpo puede ser confundido con el cuerpo de un poeta.

 
Não sou poeta (de Víctor Heringer)

Agora que os estalos da adolescência passaram
e a vida assenta como uma cômoda de mogno
agora que os joelhos estalam quando me levanto
sem mulher, sem filhos, mas com emprego estável
é preciso admitir que não sou poeta.
Embora o meu amor esteja solto no mundo
violento, semicego e ferido no ombro
não sou poeta.
Todos me felicitam. Que bom, dizem
vida de poeta é muito difícil.
Logo a gente chega a ser homem
e acaba com as coisas de menino.
A vida afunila.
Eu tinha dois, três truques nos bolsos
de calças compradas em shoppings.
Não soube nunca comprar como poeta
a longa espera por um par de sapatos
sentinela no deserto.
Os sapatos são fabricados e os pés dos poetas passam anos se deformando. Até que um dia cabem.
Por isso qualquer roupa parece velha
no corpo de um poeta.
Por isso estão sempre se desculpando
pelas roupas velhas.
Mas em segredo se orgulham.
Embora eu tenha um corpo
que pode ser confundido com o corpo de um poeta
não sou poeta.
Tenho as pernas fortes e os braços magros.
O torso amolecido dos boxeadores
os órgãos de dentro estropiados.
Mas quem me vê nu instintivamente sabe que não sou poeta.
Não levantei a mão esquerda em golpe de dançarina de flamenco ao ler Jaime Gil de Biedma para os meus amigos,
embora tudo tenha conspirado para isso.
Para que se me entranhassem as coisas.
Concluo que não sou poeta.
Tenho os dedos frios de um técnico em informática
e sou triste como um técnico em informática
mas não sou tão triste quanto um barbeiro.
Eu li todos os tratados da métrica portuguesa.
Assinei dois contratos como poeta
que doravante já não têm validade.
Assinarei um terceiro, como última traição.
Serei perdoado por todos.
Doravante vão reinar o olho e a raiva.
As melhores botas para caminhar na areia
os cálculos de longas distâncias
os treinamentos de apneia.
O amor virá até mim como vai aos jornalistas e CEOs, aos sushimen de São Paulo (SP) que vieram do Ceará – ideais porque têm mãos quentes.
As partes elegem o Foro da comarca de São Paulo (SP), renunciando a qualquer outro, por mais privilegiado que possa ser, para dirimir todas as questões surgidas quanto à interpretação ou execução deste contrato que não puderem ser resolvidas amistosamente.

 

CARTA SÉPTIMA
El miedo a la página en blanco

26 de marzo de 2018

Me siento a escribir y ya son más de las ocho. La última luz se refleja en el juego de café de mi bisabuela Rosario, entre pequeños montones de libros que no hacen otra cosa que esperar, al lado de las macetas.

Esperar, últimamente mi vida se fragmenta en eso: esperar a tener tiempo para escribir.

Reconozco que estas pequeñas cartas son una especie de calentamiento, una forma de deshacerse del miedo a la página en blanco. Se ha ido el frío y mi abuela ha vuelto al pueblo, pienso mucho en sus piernas gorditas, y cómo cuando podía andar se tenía que parar para subirse cada dos por tres los calcetines de media que caían hasta los tobillos.

Cada vez que pasaba, el canasto de mimbre del huerto caía en el suelo. Las verduras y los huevos recién cogidos del gallinero también descansaban.

Me paro mucho en esos instantes, esas pequeñas pausas donde la vida se detenía y no pasaba nada.

Esta semana vienen Fernando y Andrea a pasar unos días en el pueblo, con mi familia, a conocer donde crece la hierba, a hilvanar el origen del libro con sus imágenes. ¿Volverán las liebres? ¿Se llenarán las manos de maíz otra vez para las gallinas? ¿Encontraré la respiración del furtivo detrás de la cal? ¿Regresará mi madre niña cogiendo aceituna? ¿Y mis abuelos?

¿Sabrán de alguna forma esta especie de invocación?

Cierro el libro de Gabriela Ybarra y una frase no deja de retumbar:

A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender.

 

CARTA OCTAVA
Manchas de sangre y barro en la nieve

8 de abril de 2018

Lo mejor de los domingos es que no hay prisa para desayunar. Nadie espera, la calle sigue dormida, y solo me acompaña el ruido de la cafetera casi a punto de explotar.

Busco el libro que se perdió anoche en la cama cuando mis manos decidieron caer y vino el sueño. A veces tengo que volver páginas atrás porque mezclo el sueño con lo que leí la noche anterior.

Sé que anoche leí fango, ceguera, navajas, traqueteo, ventanilla, motor, pinchazo. En el sueño, conducía y conducía y no dejaba de nevar. Demasiado barro. Me ponía triste por el color y la textura de la nieve sucia.

Pensamos en la nieve y solo imaginamos un vacío impoluto, tan blanco que llega a darnos calor, un imán al que nos abrazaríamos sin pensarlo. Pero también en la nieve hay duelo y lucha, manchas de sangre y de barro. Pisadas, restos, algún rastro de los últimos movimientos de un animal herido.

En febrero tuve la necesidad de parar el coche en un arcén para bajar un momento y tocar la nieve, ensuciarla con mis pies y mis manos. Es curioso, lo poco que veo la nieve y las muchas veces que la pienso.

Hoy de nuevo, esperando al café, sola, he pensado en todo lo que se ilumina y se refleja, en todo lo que creemos por culpa de la luz. Vuelvo al libro que empecé ayer, tropiezo con la página marcada, releo: casi todo lo que nos rodea es susceptible de ser transcrito, subjetivizado, canalizado a través del grado sensitivo de cada cual.

¿Y si la muerte es sólo una garza alimentándose de la luz?

 

CARTA NOVENA
Tan lejos y tan cerca

22 de abril de 2018

Siempre que viajo en tren me encuentro caminando alrededor de las mismas ideas, imágenes, preguntas. Siento una especie de ternura y pena cuando las vías del ave pasan tan cerquita de tantos pueblos. Intento imaginar que supone en el día a día de alguien el paso de un tren de alta velocidad tan cerca y tan lejos a la vez.

Cerca, porque entra de una manera quizás, demasiado tajante en la vida de los habitantes, muchas veces pienso cuántos de ellos usan este tipo de servicios, y el desplazamiento que tienen que realizar a la ciudad más cercana para montarse en él y realizar el trayecto, usar el servicio que ven y sienten todos sus días.

Y de ahí, también, lejos. Las vías se imponen pero no paran. Aquí no, vosotros no.

¿Y los muertos? Hay tantos cementerios tan cerca... tanto que las paredes de cal y sus cipreses casi lindan con las vías, como si fuesen una especie de seguro, una forma de certeza con la velocidad.

¿Se sacudirán ellos dentro de las cajitas cada vez que pasa el tren? ¿Serán conscientes los pájaros? ¿Podría ser diferente la forma de construir el nido de la cigüeña del campanario desde que el forastero atraviesa varias veces al día su hogar? ¿Temblarán? ¿Pensarán en ello? ¿Cómo lo ven, cómo lo imaginan?

Volviendo, intentado escribir, mi padre me ha escrito un mensaje por Whatsapp para decirme que se ha acordado mucho de mí al descubrir hoy en el campo un nido de cojugada (Galerida cristata) con cuatro huevos.

También la inmediatez tiene sus cosas buenas: escribir palabras como echar de menos, pensar, querer, recordar... que nos cuesta a veces tanto decirlas. Otra especie de idioma que surge, mientras el tren sigue hacia adelante y cierro el ordenador. Luego he sonreído, cuando me he encontrado a Jim Harrison guiñándome un ojo desde su libro Dalva: la necesidad de dejar algo por escrito llega después del hecho en sí; el suceso registrado con tranquilidad lleva una carga de tranquilidad superior a la merecida.

En el cuarto donde he pasado la noche, me vigilaba atenta un collage precioso de Carmen Berasategui. Cómo no pensar en todo lo que llevo conmigo, en mis abuelas, en mi madre, en las mujeres que quiero y admiro. En esa genealogía tan necesaria que no deja de crecer.

 

CARTA DÉCIMA
Sobrevivir escribiendo y peleando

29 de abril de 2018

Llevo días acompañada por una sombra. Hace que me cueste escribir, hablar, decir lo que se me pasa por la cabeza. Siento una especie de nudo que pesa, que arrastra una mezcla de rabia y sorpresa.

No sé si fue en la primera carta donde rescataba una pregunta que se hacía la escritora portuguesa María Gabriela Llansol en uno de sus diarios: ¿Sobrevivir escribiendo será una manera ciega de ser útil a la especie?

Estos días, de tanta rabia y silencio, he vuelto mucho a esa cuestión. La he intentado rodear, hacerla un poco mía, comprenderla, abrazarla. Crear con ella una forma de lenguaje, de idioma invisible, una especie de mano a la que agarrarme y escribir.

No puedo recordar con exactitud la primera vez que sentí miedo a perder a mis padres, a mis hermanos y a mis abuelos, pero sí recuerdo cada segundo de la primera vez que intentaron abusar de mí. La luz en el vagón vacío del metro, la voz anunciando la siguiente parada, la canción que iba escuchando hasta que todo se congeló.

Segundos antes, no paraba de quitarle importancia a que un hombre se sentara justo a mi lado estando el vagón totalmente vacío. Me decía a mí misma, todo va bien, María, no pienses mal, no tiene por qué pasar nada. Esa forma de hablarme en silencio a mí misma se rompió cuando sentí como unas manos frotaban fuerte mis vaqueros: mis muslos, mi cintura, mi culo, mi vagina.

Me quedé callada, inmóvil, me volví de piedra.

Fui incapaz de articular palabra, de mover un dedo.

Como si yo solo fuese una espectadora y este, un mero trámite más que pasar. De pronto, me oí a mí misma gritando ¡por favor! cuando otro chico abrió la puerta del vagón. Mi acosador salió disparado y se bajó en la próxima parada.

Era incapaz de moverme, de levantar la vista. Me había convertido en la presa que escapa pero que se queda en el lugar de la caza. Ese tacto en mi piel y en mi ropa tardó mucho en irse. De hecho, no volví a ponerme esos vaqueros. Cuando llegué a casa, miraba la ropa sobre la cama. Me culpaba, sin querer, por mi ropa, me preguntaba a mí misma cuál podría haber sido el desencadenante, y lo peor, no dejé de recriminarme durante meses esa pasividad absoluta en la que me convertí cuando todo sucedió. No volví a realizar ese trayecto. Prefería tardar casi una hora más para llegar al aeropuerto de Lisboa que volver a coger esa línea.

Es increíble cómo estos sucesos configuran nuestro mapa de trayectos y decisiones. Cómo nos empequeñecen y nos sujetan, como esa sombra que desde hace días, ha vuelto a acompañarme.

Por eso, aparece de nuevo, la pregunta de Llansol al leer #cuéntalo. Qué doloroso, pero qué necesario. Pienso en todas las mujeres que me rodean y solo quiero decirles que hablen, que escriban, que cuenten, que griten.

Que hagan justo lo contrario que hicieron los 16 hombres restantes que estaban en ese grupo de whatsapp y solo alentaron, rieron, aplaudieron, o sintieron envidia. Que alcen la voz como han hecho estos días en las manifestaciones de tantos lugares, que se manchen la cara con las pinturas de guerra, que devuelvan el verdadero significado a la palabra manada, que se apoyen las unas a las otras, que no dejemos de pelear.  

Cómo me gustaría escribirle a Gabriela y contestarle que sí, que somos útiles así, gritando, peleando, defendiéndonos, contando, escribiendo. Pero no de una manera ciega, no querida Gabriela, sino clara y necesaria. Sí, sobrevivir escribiendo y peleando, siempre.

Cada día creo más en los márgenes: esos que nos sustentan y nos cuidan. La foto, esta semana por un carril de Extremadura, de camino al trabajo. También muchos rabilargos haciendo el nido, abejarucos y carracas, pequeñas rapaces en los tendidos eléctricos aguardando a sus presas desde arriba, cigüeñas detrás del agricultor en los cultivos.

Los brotes nuevos, un año más, como si nada.