La casa abandonada

Mario Levrero

Illustration by Cody Cobb

UBICACIÓN

En una calle céntrica, poblada en general por edificios modernos, se ve, sin embargo, una vieja casa abandonada. Al frente hay un jardín, separado de la vereda por una verja; en el jardín, una fuente muy blanca, con angelitos; la verja parece una sucesión de lanzas oxidadas, unidas entre sí por dos barras horizontales; de afuera, se ve de la casa un ex–rosado, actualmente muy sucio y verdoso, que corresponde al frente, y algo de una persiana muy oscura. Esta casa interesa solamente a algunas personas que caen bajo su influjo; estas personas, entre las que me incluyo, saben de algunas cosas que allí suceden.


HOMBRECITOS

De la pared de una de las habitaciones se ve sobresalir un par de centímetros de un caño que, probablemente, formara parte de la instalación de gas; con suerte o paciencia podrán observarse los hombrecillos, de unos once centímetros, que asoman por allí su cabecita y miran—como quien contempla por vez primera el mar desde un ojo de buey—; después tratan de salir, lo que les da mucho trabajo. Deben, en primer término, ponerse boca arriba, agarrarse luego fuertemente del borde superior del caño y, ayudándose con los músculos de los brazos, y también con las piernas, ir sacando el cuerpo afuera, poco a poco.

Quedan colgados, balanceándose ligeramente. El hombrecito mira hacia abajo y se asusta, pues en lugar del piso ve un enorme agujero (es evidente que este tipo de maniobras ha concluido, a la larga, por romper el apolillado piso de madera). Al mismo tiempo podrán verse los ojitos redondos y brillantes de otro hombrecillo que, dentro del caño, espera su turno con impaciencia. Aguantan todo lo que pueden, pero al fin llenan los pulmones como para una zambullida, y sueltan sus manos del borde del caño, y caen y caen.

Porque se espera, podrá tenerse—al cabo de un segundo—la sensación de que se oye algo; pero quien está acostumbrado al espectáculo reconoce que no se oye nada. Algunos imaginan un ruido blando, como el rebote de una pelota de goma; otros un crujido seco, óseo. Los imaginativos llegan a escuchar una pequeña explosión (como si se pisara un fósforo, dicen, pero sin la llamarada siguiente); hay quienes, en este sentido, han llegado a hablar de implosión—basándose en que creen haber oído un sonido como el de una lámpara eléctrica que se rompe (haciendo abstracción del ruido del vidrio de la lámpara); hasta hay quienes dicen haber percibido claramente el quebrarse de un vidrio.

Hemos visitado el sótano, pero su perímetro parece no coincidir exactamente con el de la casa; no hemos visto ningún agujero en su techo que pueda corresponder al del piso de la habitación—por el que desaparecen los hombrecillos. Pensamos que en algún lugar hay un creciente montón de cadáveres menudos; nos angustia no poder encontrarlo. Yo, en las charlas de café, sostengo—aunque sin fundamento—la teoría de que los hombrecillos no mueren al caer y que, además, son pocos y eternos y siempre se repiten.


ARAÑAS

Una de las cosas que llamó la atención a los descubridores y primeros fanáticos de la casa, fue la ausencia de arañas; se podía encontrar de todo, pero las clásicas arañas parecían completamente desinteresadas de un lugar tan apropiado. Esta errónea opinión fue corregida al visitar la despensa, una habitación contigua a la cocina. Está llena de arañas. Hay gran variedad de especies, formas, tamaños, colores, edades y costumbres; las telas forman un relleno, como una esponja, que ocupa toda la pieza; sin embargo, observando atentamente, se puede apreciar que no hay una sola tela que no guarde la debida distancia con otra—perteneciente a una araña rival—; solamente se permite (parece ser norma aceptada) usar una tela ajena como punto de apoyo, o de partida, para un hilo de la propia.

Reina una gran tranquilidad en la despensa; los bichos esperan. Algunos están en el centro de su tela, otros en algún lugar de la periferia, otros permanecen invisibles, otros como ausentes en el techo o en las paredes. No es una espera que provoque anhelo en el espectador. Muchas arañas—en general, las más grandes—no tienen tela, sino una especie de nido en el piso; se ven con poca frecuencia. Salen especialmente en los días de mucho calor, o en ciertas noches, o en momentos en los que no vemos, realmente, ninguna razón para que salgan. Creemos que están allí porque suponemos condiciones en extremo favorables: nos llama la atención, sin embargo, ese empecinamiento en no ocupar otros lugares de la casa. Hemos visto cómo algunas dudan en la puerta, y no salen; vemos salir a otras, para verlas de inmediato volver apresuradamente, como si las llamara una fuerza irresistible, o las empujara una especie de pánico. En el estado de reposo, el conjunto de telas es, de por sí, un bello espectáculo, que va variando y enriqueciéndose con la respectiva variación de la luz que se filtra, por una pequeña ventana, a medida que el día avanza y muere; importan además la humedad ambiente, el estado de ánimo del espectador y algunos factores imponderables.

Cae un insecto en una de las innumerables trampas: entonces, vibra todo. (En ocasiones nosotros mismos llevamos moscas en un frasco y provocamos la acción, pero en general preferimos esperar que las condiciones se den por casualidad.) Al principio es una vibración leve, casi imperceptible, que el insecto produce en la tela y que ésta transmite a todo el sistema; el insecto se siente, sin duda, cada vez más angustiado, y sus movimientos por la liberación son cada vez más violentos; el sistema se conmueve y hay un oleaje de ritmo particular y ondas que regresan y se entrecruzan: es como si al tirar piedras al mar se pudiera apreciar el efecto no de una manera plana, sino espacial.

Luego intervienen las arañas: en primer término la dueña de la tela en que cayó el insecto, mientras su compañera sigue de cerca los acontecimientos; se aproxima a la víctima y comienza su trabajo de rutina. Este desplazamiento rápido y delicado, y esta tarea, producen en el conjunto un efecto distinto a los anteriores, y más acentuado; y más tarde son todas las arañas vecinas, que han sentido vibrar su tela y no han localizado a ninguna víctima, que se deslizan en todas direcciones, buscando y buscando, espiando hacia otras telas, quizás enfureciéndose al comprobar finalmente que no hay nada. Es en este momento que el espectáculo adquiere todo su esplendor; aquí caemos, embelesados, en una especie de trance; algunos han llegado a bailar (porque hay un ritmo, y cada vez más alocado), otros se tapan los ojos porque no lo resisten. Personalmente he tenido que detener a quien, como hipnotizado, trató de meterse allí dentro (supe que se suicidó, tiempo después, de noche, en el mar). He dicho que a las arañas les cuesta salir de allí, y que nunca lo hacen por mucho tiempo ni a grandes distancias; hay excepciones.


PIC-NICS

Descubrimos por casualidad que, bajo el papel rosado que cubre las paredes del dormitorio, había otro empapelado; inmediatamente se formó un equipo—dirigido por Ramírez—y al cabo de unas cuantas noches de cuidadoso e intenso trabajo logró quitarse totalmente el rosado y dejarse a la vista el precedente: predominaban los tonos verdes. Se trataba de un hermoso paisaje campestre, de un realismo impresionante: casi podíamos respirar el sano y vigoroso aire de campaña. Las partes dañadas fueron restauradas con maestría por Alfredo (un tipo callado, de bigotes en quien no sospechábamos ninguna habilidad).

Al influjo del empapelado descubierto debimos organizar pic-nics durante varios domingos; nos levantábamos temprano y llegábamos con canastas y sillas plegables; Juancito, dependiente de un almacén, conseguía una heladerita de cocacola; había vino tinto, un tocadiscos a pila, niños con redes para cazar mariposas, mariposas—facilitadas por un compañero entomólogo, a condición de ser devueltas intactas—, vestidos de alegres colores, parejas de novios, hormigas, alguna que otra araña pequeña (que sacábamos por un rato de la despensa) y otras cosas.

Lo principal resultó ser un invento del Chueco, que era obrero de la construcción en ratos libres: un asador estilo criollo que funcionaba a supergás y eliminaba el humo por algún procedimiento. Aunque sin interés funcional, era también muy apreciado el árbol fabricado por Alfredo con una fibra sintética. Yo me sentaba en el suelo, en un rincón, a tomar mate; no aprecio los pic-nics, pero el espectáculo me enternecía.


ELLO

Algo late, algo crece en el altillo.
Se sospecha verde, se teme con ojos.
Se presume fuerte, blando, traslúcido, maligno.
No debemos, no queremos, no podemos verlo.
Para hablar de ello solamente usamos adjetivos, y no nos miramos a los ojos.
No usamos la crujiente escalera; no nos detenemos a escuchar junto a la puerta; no tomamos el picaporte y lo hacemos girar; no abrimos la puerta del altillo.


MUJERCITAS

Para ver a los hombrecitos que salen del caño del gas hay que esperar y esperar; en cambio, basta llenar la pileta del cuarto de baño con agua tibia y abrir la canilla, y antes de un minuto ya empiezan a salir las mujercitas. Son muy pequeñas y están desnudas; no se cohíben por nuestra presencia, por el contrario nadan libremente, juegan en el agua, trepan a una jabonera de plástico que ponemos allí expresamente y se tienden como al sol; sin excepción son bellísimas, sus cuerpos son esplendorosos y excitantes, se zambullen y nadan por debajo del agua, y juegan en el agua, y vuelven a trepar a la jabonera y a tenderse como al sol.

Entre todas, llegado el momento, tiran del tapón de la pileta y se dejan deslizar por el desagüe. (Hay una de ojos verdes que es la última en irse, me mira, se va como con lástima.)


UNA EXCEPCIÓN

Una tarde Ramírez—contador de una fábrica de cierta importancia—regresaba a su hogar, después de haber estado investigando, con nosotros, los empapelados superpuestos del dormitorio grande de la casa abandonada (fue él quien llegó a analizar la quinta capa, deduciendo el total—acertadamente, según pudimos comprobar después—, a partir de cinco centímetros cuadrados visibles; por razones obvias—debo recordar al lector que varias damas componen nuestro grupo—, no entró en detalles, pero aseguró que se trataba de una escena erótica, prácticamente pornográfica—lo que nos dio la pauta de la función de prostíbulo que, alguna vez, cumplió la casa); una señora muy anciana corrió detrás suyo un buen trecho, hasta alcanzarlo y explicarle, con voz cortada por la sofocación y la angustia, que llevaba detrás, en el saco, cerca del cuello, una araña muy negra de casi cinco centímetros de diámetro.

Cuando lo invitábamos telefónicamente a ir a la casa abandonada, Ramírez ponía excusas; finalmente nos contó la historia y lo comprendimos. Dice que cuando la vieja consiguió hacerse entender, él no tuvo presencia de ánimo para quitarse el saco; más bien huyó de su interior, y la prenda quedó un instante en el aire, vacía de hombre; Ramírez cuenta que oyó recién a una media cuadra del lugar el ruido sordo que hizo el saco al caer pesadamente al suelo.


DERRUMBE


Mucho me atrae de la casa su sereno e infatigable derrumbe: mido las rajaduras y constato su avance, los bordes negruzcos de las manchas de humedad que se extienden, los trozos de revoque que se van desprendiendo de las paredes y el techo, y una inclinación general, casi imperceptible, de toda la estructura hacia el lado izquierdo; derrumbe inevitable, y hermoso.


EL JARDÍN

No logramos ponernos de acuerdo en el asunto del área del jardín. Coincidimos, sí, en que, visto desde la vereda, o desde el sendero que lo divide en dos y conduce a la casa, aparenta tener unos ochenta metros cuadrados (m 8 X m 10); la discusión comienza a partir del momento en que uno se interna entre sus yuyos, sus yedras, sus plantas sin flores, sus insectos, los caminos de hormigas, las lianas y los helechos gigantes, los rayos de sol que se filtran, de trecho en trecho, a través de las copas de los altísimos eucaliptos; las huellas de los osos, el parloteo de las cotorras, las serpientes enroscadas en las ramas—que alzan la cabeza y silban cuando pasamos cerca—; el calor insoportable, la sed, la oscuridad, el rugido de los leopardos, el abrirse paso a machete, las altas botas que llevamos, la humedad, el casco, la lujuriosa vegetación, la noche, el miedo, el no encontrar la salida, no encontrar la salida.


LA BÚSQUEDA

Casi nadie, entre nosotros, puede prescindir de la idea de que la casa guarda un antiguo y fabuloso tesoro; está formado por piedras preciosas y por gruesas y pesadas monedas de oro. No existen planos, ni referencias de ningún tipo que justifiquen la idea. Yo me cuento entre los más escépticos, aunque muchas veces me permito caer en la tentación de soñar, y hasta llego a imaginar astutos rincones insospechados que puedan contener el tesoro. Me distingue del resto el no buscarlo, ni cuando estoy a solas (como me consta que hacen muchos) ni en las búsquedas oficiales.

Disfruto mucho de estas búsquedas. Me ubico en un perezoso que traigo especialmente de mi casa, y que coloco en un lugar apropiado—generalmente en la sala central—; observo, mientras tomo mate y fumo unos cigarrillos, cómo se reparten metódicamente—las señoras en la casa, los hombres por el sótano—y buscan; las señoras, con sus alegres vestidos, revuelven entre escombros o en los forros de los muebles (sonrío cuando las veo buscar en muebles que, ellas lo saben, fueron traídos por nosotros como material para los huracanes); los hombres, de uniforme azul, golpetean las paredes del sótano buscando un sonido hueco, o distinto; pero todos los sonidos son huecos, y distintos entre sí, y se forma una música que me recuerda la que se toca golpeando botellas, llenas de líquido a distinto nivel; al rato parece que todo encaja y la música se torna muy rítmica y las mujeres suben y bajan y buscan y parece que estuvieran bailando y pienso nuevamente en las botellas musicales, ahora conteniendo licores, todos de distinto color, todos transparentes y dulces.


LOMBRICES

Tuvo que ser una mujer, Leonor—esa solterona maniática que, no sé por qué, se unió a nuestro grupo (le teme a la casa)—la que abriera la canilla del bidé; se sabe que el agua corriente está cortada, que es peligroso andar abriendo canillas sin avisar, que por la de la pileta salen mujercitas, por la de la bañera aquella cosa gomosa amarillenta—que se infla como un globo y no deja de inflarse hasta cerrar la canilla (entonces se desprende y flota un rato a nuestro alrededor, luego se eleva y se pega contra el techo, y allí queda; un día entramos y ya no está más)—; que haciendo funcionar la cisterna, por el antiguo procedimiento de tirar de una cadena en cuyo extremo hay un mango de madera, se deja oír ese tremendo alarido, interminable, que pone la piel de gallina y nos hace temer quejas de los vecinos.

Oímos un grito que confundimos con este alarido pero no, era Leonor, que luego vino corriendo y nos señaló el baño, y fuimos y vimos esa lombriz negra y fina—que salía por uno de los agujeritos del bidé y no dejaba de salir, y ya alcanzaba el metro y medio fácil de largo—; esperamos, a ver si se terminaba, pero seguía saliendo y arrastrándose por el piso, apuntando ya hacia otras habitaciones.

La cortamos en pedazos y cada uno siguió completamente vivo, moviéndose y escapándose; tuvimos que barrerlos y tirarlos por la rejilla, y aquello seguía saliendo y pronto empezaron a asomar nuevas puntas por otros agujeritos; tratamos de cerrar la canilla pero se había trabado, y nadie se animaba a cambiarle el cuerito, y menos aún a llamar a un plomero, y ya pensábamos que no había más remedio que clausurar también el baño y perder para siempre el espectáculo de las mujercitas (se acusó a Leonor de haberlo hecho a propósito), pero alguien tuvo la idea (y el coraje) de inducir a las respectivas cabezas a meterse en el agujero del desagüe del propio bidé; esto pareció caerles bien a las lombrices porque siguieron saliendo y entrando y así sigue, esa cosa continua y aparentemente interminable; quien ignore la historia y mire el bidé, creerá ver una extraña lluvia horizontal de agua negra y brillante.


HURACÁN

Es un agitarse de cenizas y de puchos en la estufa del comedor; entonces conviene irse, o encerrarse en el dormitorio o, en último caso, quedarse allí, apretado en un rincón, la cabeza entre las rodillas y las manos cubriendo la cabeza.

La tierra, los papeles, algún objeto, comienzan a girar lentamente—como hojarasca—en el centro de la habitación. Hay un descenso brusco de temperatura y el viento sopla cada vez más fuerte, y todo se va arremolinando, todo hacia el centro, y los muebles son arrastrados y las paredes tiemblan, y se precipita la caída del revoque, y la tierra nos ahoga y nos irrita los ojos, y tenemos sed; quien no se previene es atrapado, y gira y gira; sale a veces despedido contra alguna pared, con violencia, y rebota y vuelve nuevamente al centro y así hasta morir y hasta después de muerto.

Cuando vuelve la calma, salgo del rincón y me paseo por entre los escombros, los floreros rotos, los muebles dados vuelta: todo está hermosamente fuera de sitio, el comedor queda como cansado, como si hubiera vomitado. Se respira, parece, más libremente.


EL UNICORNIO

Se cree que es la hierba lo que lo atrae; por supuesto que no hay ninguna certeza en torno a este asunto, y nuestras teorías no tienen mayor fundamento científico. Pero es interesante anotar algunos datos. Hemos clasificado a la hierba (trabajo realizado por Ángel, el vegetariano) como una variedad criolla—que parece darse sólo en este jardín—de la Martynia lousiana, que crece en América del Norte; tiene flores grandes, amarillentas, moteadas de violeta. Una vez al año da fruto: una cápsula terminada en punta, con forma de cuerno. De ahí su nombre popular, Planta Unicornio, y de ahí—según nosotros—la visita anual del animal a nuestro jardín. A pesar de la paciente vigilancia no lo hemos visto; pero hemos visto, sí, la hierba comida, recortada por dientes, hemos visto un orificio en la tierra—como producido por la punta torneada de un paraguas—, en el borde elevado del charco de agua; hemos visto las huellas de patas de caballo, hemos encontrado bosta fresca, hemos oído una noche flotar un suave relincho, hemos hallado a la mañana siguiente a Luisa—de dieciséis años, que se había plegado a nuestro grupo días atrás—, con el pecho atravesado por un enorme único agujero, desnuda, monstruosamente violada.




Eres un vendedor a domicilio; correteas libros o afiliaciones a sociedades médicas. Llamas a todas las puertas, tratas de introducirte en todas las casas. Es de tarde. Ves unas rejas y dudas un instante; eres decidido, y ese jardín descuidado no te desilusiona. Empujas el portón, atraviesas el sendero que divide al jardín en dos mitades, te paras junto a la puerta y buscas el timbre. No lo encuentras, pero sí un llamador de bronce; representa una mano, de largos y finos dedos—con un gran anillo en el mayor—a la que falta, no por rotura sino por intencionada fabricación, un par de falanges del índice. Tu mano, al reparar en esta ausencia, se detiene; pero recuerdas algunas lecciones de la escuela de vendedores, y algunos casos anteriores de los que tienes experiencia personal, y completas el movimiento: tomas el llamador, lo levantas—haciéndolo girar sobre su bisagra—y lo dejas caer una, dos, tres veces sobre su base—también de bronce—; adentro, el sonido retumba.

Esto te confunde; nosotros, gracias a tristes experiencias, sabemos bien que los ecos que el llamado despierta en la casa son múltiples y extraños y que, invariablemente, dan la sensación de una voz ronca y pastosa que insiste para que abras la puerta y entres. Tu confusión dura poco tiempo: tomas por realidad tu esperanza y cometes el tremendo error.
Cuando llegamos encontramos sobre alguna silla, o en el suelo, tu portafolios; no necesitamos abrirlo para saber a qué te dedicas. Nos reunimos en el comedor y hacemos un minuto de silencio. Alguien, siempre, deja caer una lágrima. También alguien, siempre, propone denunciar el caso a las autoridades; lo convencemos de que no ganaría nada y perderíamos, en cambio, la casa; entonces aparece quien sugiere colocar en la entrada un cartel de advertencia. Los más viejos debemos explicar, una vez más, que sería éste el sistema más indicado para aumentar las víctimas y que, tarde o temprano, los tontos curiosos terminarían por desalojarnos.

Coincidimos finalmente todos en que estos casos son lamentables, que no está en nuestras manos evitarlos; al final, cansados de tantas escenas tristes, cargos de conciencia y discusiones vanas, tomamos el asunto un poco en broma y decimos que, después de todo, en este mundo sobran vendedores a domicilio. Luego, sin solemne ceremonia, alguien toma tu portafolios y lo arroja al aljibe del fondo.


HORMIGAS

En el jardín hay, por supuesto, variedad de hormigas y, periódicamente, detectamos con alegría un nuevo hormiguero; allí plantamos una banderita colorada. Hemos notado que hay hormigas que se dirigen, por grietas, hacia algún lugar situado debajo de la casa, en los cimientos; creemos que esto contribuye a ese derrumbe lento.

Nos ocupamos de cuidar las plantas más importantes, podándolas y dando a las hormigas el material de desecho; el filósofo objeta que contribuimos a la decadencia de las especies, porque facilitamos su tarea y reducimos, gradualmente, su capacidad de trabajo; hay una señora que opina que deberíamos, sencillamente, eliminarlas con gamexane — pero se sabe que este sistema es ilusorio.

Es distinto lo que ocurre dentro de la casa; también hay hormigas, pero no se las ve realizar la más mínima tarea; se las encuentra siempre en forma aislada de cualquier grupo, en actitud contemplativa (o recorriendo desganadamente una pared o una tabla del piso). Hemos descubierto que son pocas, que viven solas—en alguna grieta, en un rincón cualquiera—, que se alimentan de pequeñas cosas que encuentran (jamás las hemos visto almacenar); ocasionalmente se las ve en parejas, pero se trata de relaciones poco estables.

Hay una—la hemos distinguido con un poco de pintura blanca en su parte posterior—, que durante varios días junta infatigablemente palitos y otros objetos menudos; con eso construye algo que no es un nido, que no sabemos lo que es, que para la hormiga parece no tener aplicación práctica. Ella lo recorre extasiada, luego lo olvida y vuelve, durante un tiempo, a su actitud contemplativa. Si por casualidad, o por descuido, la construcción es destruida—aunque sea parcialmente—, la hormiga se enfurece y anda enloquecida durante horas.

Archie, el ingeniero—que ha hecho un estudio minucioso—, opina que es una gigantesca obra de ingeniería; dice que es imposible realizar una construcción similar sin un profundo conocimiento de matemáticas; hizo algunos apuntes que, cree, le servirán para revolucionar los sistemas de construcción de puentes; afirma que la hormiga actúa por reflejo y construye puentes allí donde no hacen falta.

Yo pienso que no son puentes; tengo mis ideas al respecto. Todos usan lupas, todos van al detalle y elogian la minuciosidad del trabajo y el equilibrio de los palitos; yo prefiero mirar el conjunto y decir que es hermoso y que su forma recuerda, en cierto modo, la de una hormiga.

Diciembre 1966, Enero 1967